Disco del mes, octubre 2014. Charles Mingus: “Let My Children Hear Music”

Disco del mes, octubre 2014. Charles Mingus: "Let My Children Hear Music"

1 de octubre de 2014

Texto: Luis Miguel Flores

“Let My Child Hear Music”, grabado entre finales de septiembre y principios de noviembre de 1972, es una muestra perfecta de la madurez de Charles Mingus. Un Mingus con 50 años justos que que en apenas 3 comenzaría a sufrir una esclerosis lateral amiotrófica (la misma enfermedad del físico Stephen Hawking) que le impediría seguir tocando el contrabajo aunque no componiendo, algo que hizo hasta su muerte en 1979. Un disco orquestal y poliforme que Mingus concibió, incluidos el título y unos créditos escritos por él mismo, como un trabajo conceptual.

“¡Dejad que mis hijos escuchen música! Dejadles escuchar música en vivo. No ruido ¡Mis hijos! ¡Haced lo que queráis con los vuestros!” Este es parte del manifiesto de Charles Mingus para “Let My Children Hear Music”, un trabajo extremadamente ambicioso que buscaba alcanzar nuevas alturas en el jazz partiendo de grupos numerosos de músicos y estructuras compositivas muy amplias. Un disco que el propio Mingus -también en la carpeta de la edición original- reconocía como su favorito: “Gracias a Teo Macero por su incansable esfuerzo para producir el mejor disco que he hecho jamás”. Teo Macero produjo, mientras que Syl Johnson, Alan Ralph y el propio Mingus se encargaron de arreglos, orquestaciones y de la dirección de los músicos.

Disco del mes, octubre 2014. Charles Mingus: "Let My Children Hear Music"

Más allá de solistas como los saxos tenores Boby Jones y James Moody, los trompetas Snooky Young y Lonnie Hillyer o el saxo alto Charles McPherson, la verdadera fuerza del disco está en esos arreglos y orquestaciones exuberantes, avanzados, incluso disonantes, que ayudan a convertir este gran disco en un clásico del jazz de los 70. Y en uno de los mejores álbumes de Mingus. Para mí, prácticamente a la altura de obras maestras como “Ah Um” (del que ya hablamos aquí) o “The Black Saint and the Sinner Lady”. No menos importante es la maduración de algunas piezas, que se remontan a los 40 y que Mingus ya había interpretado en directo, aunque solamente aquí puedo expresar por fin con una orquesta en condiciones. Ted Macero hizo además un importante trabajo de edición posterior. Bastante criticado, pero seguramente necesario por las dificultades por las que atravesó la grabación.

“Let My Children Hear Music” consta de 6 largas y complejas composiciones (entre 7 y 10 minutos cada una; para la edición en cd se añadió un tema más de las mismas sesiones) que se pueden perfectamente enclavar en lo que el compositor Gunther Schuller definió en los 50 como “tercera vía” o “tercera corriente” (Third Stream), una síntesis entre música clásica y jazz en la que la improvisación juega un papel importante. O como el propio Mingus afirma en los citados créditos originales: “El jazz -tal y como se ha tratado hasta ahora- está estancado; solo cree en la trompeta y el saxofón, quizá alguna flauta o un clarinete. Pero no es suficiente. Es hora de que nuestros descendientes puedan tocar el fagot, el oboe, el corno inglés, la trompa, toda la gama de percusión, el violín, el violonchelo. Y la única respuesta posible no es una orquesta filarmónica. Si los músicos de jazz -que somos compositores espontáneos- empezamos a incluir estos instrumentos en nuestra música, todo se abrirá”.

Libre de etiquetas el disco se mueve entre esa especie de swing retrofuturista de “The Shoes Of The Fisherman’s Wife Are Some Jive Ass Slippers”, un “Hobo Ho” arrancado por el contrabajo de Mingus y llevado al paroxismo por los riffs de vientos; el “Adagio Ma Non Troppo” sinfónico que parte de una de las improvisaciones de piano solo de “Mingus Plays Piano”;  o los vaivenes entre paisajes ambientales y poderío orquestal que impulsan “The I of Hurricane Sue”. Música libre fuera de estilos predefinidos que confirma la voz propia de Mingus, no solo uno de los más grandes compositores de jazz sino también uno de sus más imaginativos arreglistas, a la altura de -y no exagero- Duke Ellington y Count Basie.